miércoles, 17 de septiembre de 2014

Basta


Basta de estar, de complicar
basta de señalar. 
Basta de marcar mi rumbo con tu sonrisa
y de abrir puertas que nunca dan
a ningún lugar.

Basta de hacer eco de esas ausencias programadas.
De ir, de venir, y nunca encontrar lo que buscabas.

Basta de callar ante mí.
Basta de dejarme orbitarte.
No quiero ser el satélite 
en este contínuo frenesí.

Basta de estar siempre de pie y de sentarte en esos umbrales
por los que nunca jamás pasará ningún cadáver.

Basta de esto, basta de aquello.
Basta de hablar.
No me pidas que sea lo que no soy.

Basta algo y basta de todo.
Basta de vos. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Me vas a desarmar




Me vas a desarmar aunque tome mil recaudos
y camine por tu espalda mientras flotas.
Me vas a enajenar de las maneras más absurdas
y lo voy a disfrutar.

Te voy a reprochar cada segundo que me hiervas
la sangre y me congeles las palabras silenciosas. 
Te voy a desgarrar el rostro etéreo que se queda
como imagen residual en mis pupilas
y luego te pediré que no te vayas por ahora
mientras cierro la puerta de mi alma con dos llaves.

Me voy a consumir en una inútil blasfemia
 y voy a derretir las memorias de tus pasos alejándote. 
Me voy a ahogar en estas ciénagas mentales
y a jugar con tus ausencias.

Me vas a vislumbrar allí en lo oscuro, como siempre y como nunca, 
o cual si siempre hubiese estado en ese sitio que inventé.
Te vas a aparecer tan delicado y complaciente como antes
evadiendo esas locuras y tormentos que alguna vez cargué
pues siempre has sabido cómo andarme
sin perderte en mis flagelos.

Me vas a declarar incompetente ante tu brillo
y yo, como siempre, me declararé insana.
Me vas a acusar de haber deseado y no haber muerto en el intento
y yo planearé mi defensa fumando un cigarro en tu ventana.


miércoles, 8 de enero de 2014

Sinécdoque del hombre de papel y la mirada de piedra

No sé si en algún momento accedí a que elucubraras todos esos planes de los que nunca me advertiste, entre los huecos de mi mente. Si tan sólo pudiera leer entre líneas, o entre tus cejas, tal vez hoy compartiríamos algunas bocanadas de ese aire viciado que tanto colmaba nuestras esperanzas. Pero no, no hay espacio para aquellas desventuras cósmicas que supimos relatar, entre tu apatía y mi histrionismo, que tanto se asemejaba a esos símbolos que sostenían lo sublime del antagonismo. Lo cierto es que ya no, se alejaron, pues no supimos qué hacer con ese cielo que jamás fue el límite.

Quizás si me alejara yo también, podría verte en detalle, o en completo. La verdad es que mis sueños nunca fueron a color, pero hoy se me antojan sin matices de gris siquiera, cual si fueran un infinito salar, en el que a veces descanso mis heridas silenciadas. Sí, tengo muchas, pero jamás las has visto. No porque no he querido mostrártelas, sino simplemente porque, aunque quise, no encontré tus ojos en la inmensidad. Sí, tu mirada, ser, es limpia, pero a la vez vacía. Es de esas miradas que siento que me miran a través. Y cómo quisiera a veces saber qué estás viendo cuando dejo de hablar por un instante. Ya no nos hablamos sin hablar. Ya no hablamos el mismo idioma cuando nos quedamos sin palabras.

Claro, es cómodo cuando se cree que los sueños no mutan, no cambian de lugar. Es cómodo pensar que aquí sentados nos quedaremos hasta cualquier amanecer, que los veremos todos, con una copa de vaya uno a saber qué, pero sin mirarnos a los ojos, porque ya no hay nada que ver si no reflejan, si han perdido la virtud de ser espejo de aventuras y desvelos. Duerme una vez más sobre mi hombro, entonces, que te despertaré cuando se me ocurra cómo hacer aquello que no sé ni lo que es. Pesar, sí, pero a mi pesar, pues no vislumbro otra razón que hacer más recta una línea que se dibujó sola, y bien sabés cómo me alegré aquella vez que descubrí la cuadratura del círculo. Fue una mala decisión, sin embargo; siempre regresaba al mismo lugar.

Pero los rostros vacíos hoy se me antojan un poco más amables. Tal vez porque desconozco todo lo que hay detrás. Cual si fueran máscaras que me atormentaran, y a su vez me llamaran hacia un destino de promesas y café. Eso sí, amargo, que el azúcar le arruina el sabor y sabés que ya no puedo distinguir un buen café si está arruinado, así como no puedo distinguir entre los rostros vacíos. Claro, de todos modos no me hace falta, pero aún así quisiera que alguno me susurrara que no todo es igual, que si cierro mis ojos y respiro quizás pueda cambiar toda esta fatalidad.

Y entre esos rostros vacíos, lejanos, sólo te busco a vos. Y ya no te encuentro. Tal vez porque son todos demasiado parecidos. 


domingo, 28 de abril de 2013

jueves, 25 de abril de 2013

Seguir




No te calles ahora que sabes mi nombre, 
si también sabes gritarlo. 
No te rasques la cabeza con mi disparidad, 
que no hallo consuelo en ello, en aquello, 
en todo lo que me libra a ser distante, 
en la distancia que me has dado.

No empieces con tus cánticos de luegos y demases, 
ni con los de demasiados, que ya no los sé apreciar. 

Hoy llueve y no he ido a comprobarlo 
a ninguna esquina. 
Ni siquiera a aquella en la que solíamos encontrarnos 
para hablar de quién sabe qué otros rumbos. 
No recuerdo, mucho llanto ya ha pasado,
y me nubla la visión en las memorias, 
que ya de por sí eran borrosas, 
pues no las he alimentado. 

Sólo sé que me sabes a un café nunca tomado,
a un poco de poesía, y un helado.
A los árboles, sus hojas que caían.
A aquel viejo empedrado...
y porquerías. 


Ciertas máscaras




Siempre habrá algo nuevo que me motive a seguir
por más que todo alrededor parezca siempre cerrado
encerrado entre la bruma de mis propios pasos. 

Siempre hallaré instantes para verte reír
aunque no lo hagas en palabras como antaño,
aunque ya en la multitud te aparezcas borroneado.

Siempre querré estar donde nadie deseó ir
por más que me hipnotiza todo lo acomodado
lo que sin comenzar ya ha sido terminado. 

Siempre habré de aparentar no sufrir
por dentro a veces siento que mil veces me he quebrado
pues lo que doy siempre habrá de parecerme en vano.

Por lo que resta, nunca dar la espalda, o huír. 
Porque eres déspota desde que te he resucitado,
pero nunca comprendiste que es lo único 
que me mantiene a tu lado. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Caminos inventados

Él es alto. No, es bajito. A decir verdad no lo sé, es promedio. Malditas estaturas promedio, nunca me llevé bien con ellas. Quizás porque yo misma soy una persona de estatura promedio, a la que le hicieron creer que estaba por debajo de él, sólo para tener de qué hablar en el recreo. La cosa es que él es alto, o bajito, ya ni sé, y me da igual. Lo inventé, durante mucho tiempo lo estuve inventando en historias varias, hasta que un día se me apareció en el colectivo. No quería encontrarlo, sólo quería una pizza, una que nunca había probado. Todos sabemos que soy fanática de la pizza. 

Sucede que nos bajamos en la misma parada, y tomamos el mismo subte: la consabida línea D. Luego de algunos minutos ambos bajamos... en Olleros, aquella estación de la que tantas veces supe contar historias, sobre todo estando bajo la influencia de alguna bebida espirituosa, o del tan conocido insomnio. Pero la verdad es que no sé por qué me había bajado allí, cuando todo lo que quería era una pizza. No sé, tampoco, por qué me había tomado ese maldito subte. Quizás había sentido, sin darme cuenta, la necesidad de seguirlo... al alto, al bajito, al quién sabe que inventé. Quiero decir... cruzarse con un personaje que uno mismo inventó no es algo que suceda todos los días. Tenía sentido que hubiese deseado seguirlo. Tal vez para advertirle algo, o quién sabe, quizás podría, no lo sé, inspirarme para escribir otra historia que lo tuviese como protagonista. 

Comenzó a llover. Creo que caminaba despacio. Yo. Bueno, él también, y yo en consecuencia, dado que estaba siguiéndolo. Pero... ¿A dónde iba? No lo sabía. Él tampoco parecía saberlo, a juzgar por sus chapoteos errantes, por el eterno zigzagueo de su andar y el constante ladear de su cabeza, mirada perdida incluida, con el que reaccionaba al observar cada cartel en el que se leía el nombre de una calle que yo tampoco conocía. 

Por esos momentos, mientras la lluvia se volvía más y más leve, razón por la cual yo agradecía a quién sabe qué deidad puesto que no cargaba paraguas, intuí que él se había percatado de mi presencia. Es más, estaba segura de que él sabía que hacía ya rato me encontraba siguiendo de cerca sus pasos. Podía leerlo en su respiración agitada, que se oía más intensamente que su chapoteo. Pero siguió chapoteando, y respirando agitadamente, hasta que en algún momento sucedió lo que todos temíamos que sucediera. Bueno, no todos. De hecho, sólo yo. Da igual, el hecho es que su errático andar cesó de repente. Frenó, sí, volteándose abruptamente a verme. Bueno, tal vez no con la intención de verme, pero estoy segura de que al menos con la sospecha de que allí me encontraría. Sucede que me miró tan fijamente como jamás lo había hecho. En realidad sabemos que jamás lo había hecho, dado que jamás lo había cruzado. Como ya he dicho, no sucede todos los días que uno se encuentre con un personaje que inventó. La cuestión es que me miró fijamente, sin pronunciar palabra. 

Sé que alguna vez lo había soñado. "No puedo leerte", le decía entre diálogos oníricos, frustrandome oníricamente, pues siempre he sido la misma persona en mis sueños que en la vigilia, y siempre he podido descifrar a la gente en ambos planos. Pero no a él, no, no había nada en él que pudiese descifrar, y no me cansaba de decírselo. Tal vez lo decía en un vano y hasta casi desesperado intento por obtener su ayuda, pero dentro de mi ser estaba convencida de que jamás lograría leerlo, pues era yo quien lo había escrito. Siempre fui de la idea de que las palabras escritas ya no pertenecen a quien las escribe, sobre todo tratándose de mí, que soy tan cambiante. Me son ajenas, cobran vida, así como ahora había cobrado vida él... ese a quien había inventado en alguna racha de inspiración que ya nunca volvió. 

No, ciertamente no podía leerlo. "No puedo leerte" dije entonces, luego de un largo silencio, y no comprendiendo del todo si aquello se trataba del plano del sueño o de la vigilia. Pero, tal como en esos sueños que más parecían pesadillas, de las que sin embargo no deseaba despertar, tampoco respondió. De todos modos caminó a mi lado durante el trayecto que faltaba hasta la siguiente estación, pero en el interín nos encontramos con aquella pizzería, aquel objetivo que había sido el mío desde un principio, y comimos con placer dos porciones de muzzarella y una de faina cada uno. Con placer, sí, pero sin mediar palabra. Simplemente sabíamos por qué estábamos allí, o al menos parecíamos saberlo.

Salimos de la pizzería y caminamos. Ya no lo seguía, ni me seguía él a mí; simplemente caminábamos. Nuestro andar se volvió algo menos errante, y nos dirigimos hacia la estación de subte, para emprender la retirada. Pero ya no estábamos en la línea D, sino en la B. Ahora todo cuadraba; era por eso que habíamos encontrado aquella pizzería. Sin darnos cuenta, nos habíamos desviado. O tal vez nos habíamos dado cuenta, tal vez habíamos tratado de evitar aquella estación de la que habíamos salido. Tal vez todo el andar errático era sólo para evitar volver a entrar por Olleros. Tendría sentido, ya que odio caminar bajo la lluvia, sobre todo cuando ando con botas altas.

Retornamos, entonces, desde Lacroze, hacia aquel lugar desde donde ambos habíamos partido: Callao... pero de otro color. Fue entonces cuando comprendí por qué nunca había podido leerlo: era porque aquello jamás lo había escrito...