miércoles, 25 de febrero de 2015

Lo (in)cierto




Quisiera abrir los ojos pero ya no poder ver
de tantos rodeos que me los hayan arruinado.
Seguir por la vía de otras vías enredadas
y morir a la vera de mi propio cadalso.

¿Quién suspira en esta noche sin sonidos?
El presagio.

Quisiera poder socorrer a todas tus especies
pero para hacerlo debería conocer tu rostro.
Ya nos callamos anoche, diciéndonos lo inefable.
No sé si podamos tener otro de aquellos otoños.

¿Qué esperar de las mil lunas que se ponen tras los surcos?
Otro insomnio.

Y sin piedad nos destrozamos bien habidas pesadillas.
Sin control desgarramos la piel seca de estas manos
que ya ni siquiera se señalan las heridas
ni se tuercen por las calles que anduvimos antaño.

¿Dónde está toda mirada que nos dimos de mil vidas?
En algún sueño olvidado.


¿De qué hablamos?




Quiero dominar el viento y que te traiga hasta mí
aunque traiga consigo alguna promesa rota
varias heridas no cicatrizadas, palabras calladas
y un atropello de seres impares que nunca supieron ser luz.

No sé si seré quién para borrar las tormentas más villanas
pero creo entender todo lo que el silencio encerraba
en aquellos tiempos en los que hablaba su idioma
pues ahora tal vez deba aprender a callar.

Grave es que tampoco sepa ser en las palabras, pareciera
que te obligo a leer mis ojos, sin mirarte.
Tal vez me invada alguna memoria, no sé si recuerdo tu rostro
o tus manos recorriéndome cual vestigios de un lenguaje.

Hoy murieron los segundos sin siquiera parpadear.
El reloj se detuvo a la hora señalada por quién sabe
y los latidos hicieron eco del mensaje 
indescifrable, por cierto, pues ya no lograbas hablar.

Así también quizás hoy mueran todas las aves que sobrevuelan
mi cabeza, transmitiéndome palabras de rocío matinal.
¿Quién sabe si nos devoren nuestros hábitos siniestros y un respiro,
sucedáneo de un abrazo, pueda mis hombros aligerar?

No encuentro morada entre paredes sin destino
y no sé qué decir cuando hablamos sin mirar a los costados.
Viniste con ínfulas de canción desconocida y te alejaste
con pasos de largo cavilar, y de finales anunciados.

¿De qué estábamos hablando cuando hablábamos de hablar?
La indiferencia no borra los caminos falsos, ciegos.
Quiero arrancarte los ojos con algún recuerdo nuevo
y desmaterializarme en efímera eternidad.

No sé si soy la que calla, la que ríe, la que esquiva,
o si es sólo que ya no tenés más ganas de escuchar.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Equidistancia




Él me hace arder en la órbita de su temor, 
me hace vibrar en frecuencias negativas.
Pero no le temo a su locura, pues es igual a la mía, 
y a la mía la conozco demasiado.
No así a él, y resulta algo difícil
comenzar a conocer por ese lado tan oscuro.
Aunque tal vez tenga su beneficio...
peor no se puede estar.

¡Eso me lo he dicho tantas veces!
Pero cada abismo tenía su abismo, más profundo
y todos aprendieron a mirar dentro de mis ojos
tiñéndome la sangre de un color inexistente,
haciéndome latir venenos y olvidos
y obligándome a fagocitar todo lo que es amargo.
Por eso es que a él sólo le besé las manos,
pues habían tocado mi sangre.

Y tantas sombras inconclusas dejé por andar rápido
que ya nunca resolví mi forma toda.
Tantas veces caminé por las cornisas
que ya el suelo me parece hoy más alto y
verás, los abismos le siguieron, comenzaron antes
y los caminé a destiempo.
Porque si mis pies dolieron aquella noche
fue por querer escapar.

Y ahora estoy aquí parada, tan a medio camino
entre el cadalso y todo lo que me es desconocido.
No le temo a la muerte, pero jamás la caminé
y menos podría con estas piernas temblorosas.

Me hacen daño los recuerdos profanados
las vísperas de jueves y el complejo itinerario
que me marqué una noche en vela para ir a su encuentro
y que quemé junto con mis sueños rotos.

A veces anhelo encontrarlo, aunque sea en pesadillas,
pero sólo de día es que se aparece su espectro.
Como soy insomne, no lo he visto hace ya tiempo
y un poco se me abren las heridas.

Temo que alguna noche haya bebido mi sangre
que de olvido tiñe mares de sollozos.
Si he truncado su memoria, si no reconoce mis ojos,
que el recuerdo y este cuerpo se desgarren.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Cadalso del ente



Amé más al concepto que al amante.
Amé las cenizas de sus dibujos en mi alma
y las palabras que imaginé que alguna vez diría.
Amé también las mil sonrisas que solía
regalarme en mi universo de la oniria.

Yo pensaba que sufrir era invariable y sin embargo
amé encontarme equivocada una vez más.
De los errores no siempre he aprendido, sólo a veces
y otras tantas me he encerrado en el eterno negar.
Digo que no por defecto, pero el dolor desaparece
y no me verás llorar.

Hoy ya no hablo de amor, lo he trascendido.
Hay quien pregunta si he perdido y quien mira hacia un costado.
Prefiero este cavilar, pero entre rostros lejanos
y soñar con todo aquello que jamás ha acontecido.

El suplicio nunca llega a un fin sin un principio
y ya no quiero comenzar la desventura.
Clara mi necedad, saboreo rastros insípidos
de las heridas que antaño no entendí cómo salar.

Puedo, sí, martirizarme y revolverme en tus torturas
porque la nada me es todo, y todo es vicio.

jueves, 9 de octubre de 2014

Del clima y sus mortales consecuencias II



Hoy llueve. Hoy te odio.
Cada vez que llueve te odio un poco más.
Pareciera saber que las nubes
no volverán a dejarme ver tu rostro,
que las gotas emularan mis ojos deshidratándose,
o quizás sólo me recuerda a que no estás y,
bueno, tal vez entre sueños imaginaba
que tendrías algo de piedad.

Pero no, me llueven los ojos, 
me lloran los sueños
y no escampan mis ganas de irme lejos,
o cerca. No sé por dónde empezar
a contarte todo lo que alguna vez guardé
en un cajón cuya llave escondí bajo miles de otras llaves.
No siento, sin embargo, que sea tarde
pero las horas pasan y mis párpados se cierran
cual si se marchitaran ante estas distancias.

Claro, los días de lluvia eran nuestros,
seguro ya lo olvidaste, no como yo
que recuerdo incluso las vidas que nunca viví,
las calles que nunca caminé a tu lado,
las promesas que hoy se me antojan más como epitafios
grabados en la lápida de esos deseos que jamás desaprendí.

Estas noches se me hacen infinitos, 
vuelven a aparecer, y reflotan
los misterios escondidos bajo todas esas máscaras
que usabas para crearme reacciones.
Hoy estás tan lejos que ya ni tu máscara veo,
seguro estás usando la que yo más disfrutaba.

¿A quién le estás regalando nuestros días de tormenta?
¿A quién le estás hoy contando esas historias
de proezas, de poetas y de ensueños?
¿A quién le estás entonando esas canciones que nunca
afinaban con mis alas, que sólo las escuchaba
porque con ellas parecías cantar mi alma?
¿A quién le estás regalando más promesas-epitafio
mientras yo te espero, bajo la lluvia, sin paraguas?

En realidad no sé sí espero a que vuelvas a mis brazos
o que la lluvia me ahogue si no te veré en la mañana.

lunes, 6 de octubre de 2014

Si te extrañara




"El condicional es una dimensión inexistente" me dijiste;
"No se puede ser en los sería".
Pero... ¿Qué si fuese? ¿Qué si existiese?
Nunca nos hemos parado a preguntarnos
pero tal vez nunca debimos haber caído ante los silencios
que dominaban nuestra atmósfera con incertidumbres.

De esas supiste darme tantas...
siempre fuiste la pregunta con menos respuestas,
el eterno interrogante sin opciones,
el último eslabón en la cadena de infortunios.
Y tal vez todavía extraño tus berrinches y tus caras largas
sólo porque ya no están.

Extraño lo que pudo haber sido, aunque jamás
hayas estado tan cerca de mí como hubiese querido.
Extraño esa incertidumbre, el buscar respuestas.
Extraño las opciones y los escenarios.

Extraño un poco los defectos, los dolores de cabeza 
y todos los desvaríos.
Pero sobre todo extraño esas dimensiones
en las que pudimos haber existido.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Coleccionista




Nunca deseo despertar en la mañana.
Hace que me atormente con cada rayo de sol.
Lo temprano me recuerda a las palabras nunca dichas,
a las eternas despedidas
o a las que nunca tuvieron lugar.
No me agradan los inconclusos; prefiero nunca empezar.
Prefiero el sol de la tarde, ese que se esconde,
ese sol con un final.

Sin embargo, la mañana de la noche en que te vi 
fue tan distinta.
Entendí que podía tapar el sol con mis manos
y así no tendría aún que despertar.
Fue allí que comprendí que el sol cabía en una palma. 
Fue ahí que comencé a coleccionar.

Empecé por llevarme la luna.
La necesitaba para iluminar esa oscuridad 
que no cabía ni en un mundo, y que no obstante 
llevaba conmigo a todas partes.
Luego me llevé la lluvia, para aliviarme al compararla con mi llanto.
Me llevé miles de ocasos que me hicieran comprender
que todos los finales traen principios
como los amaneceres que también me llevé.

Comprendí que todo era portátil.
Que cargaba tantos soles como tempestades.
Que cargaba las nubes de las formas más variadas,
que formaban tus silencios y mis necedades.

Me llevé entonces tus silencios, y los sequé 
al sol que también me había llevado.
Así también se secó mi llanto
y tuve que hacer llover para traer un arcoiris
que también me llevé.

Desde entonces a veces sonrío, a veces lloro.
Tengo el sol, tengo la lluvia entre mis manos.
Con las nubes que me seguían, ahora formo algunos sueños
que coloreo luego con algún arcoiris espontáneo.
Y si acaso me recordaras alguna tormenta de antaño
sepa este viento que cargo llevarte lejos.