sábado, 11 de diciembre de 2010

No me alcanza

No alcanzan los metros para el dolor de este alma en pena. No, nunca es suficiente, pues somos aquellos a los que más les duele. El alma grande muere lentamente, como mueren las esperanzas cuando el reloj no sonríe, cuando dan las veinticinco y nos miramos a los ojos del desierto en lejanía. Y no, no me alcanza este desierto tampoco, para secar el mar de lágrimas sin ojos que me explota desde el centro, pues no se puede secar aquellas lágrimas que jamás tocarán el suelo, pues no se puede tocar el suelo que no se pisa. 

La fe me ha dado la espalda, y no me alcanzan las palabras para borrarla de mi esfera, no me alcanzan las esferas para dibujar tu nombre en el firmamento que se ha quedado sin nubes, sin lluvia y sin calma en la espera de derrotas venideras, pues nunca se termina de perder si se puede perder más. Así es, ya estamos acostumbrados nosotros, los adictos al abismo, los sabios de la rendición al cataclismo, los efímeros que vemos con ojos que son de hierro, que tocamos con manos de incierto, que reímos con risas de glorias nunca alcanzadas, carcajeándonos a veces por inercia, mordiendo con nuestros dientes de destierro y debilidad la trascendencia. Y trascendemos, sí, todo el odio que emanamos, pues somos espejos de la inmensidad, carne de los cañones de guerras ya perdidas, de batallas que nunca serán libradas, excepto a la suerte, o más bien a la inmundicia. 

No me alcanza la sangre para el precio que debo pagar, no alcanza para desangrarme. No es suficiente para poder darle a todas estas heridas un nombre, al menos el nombre de heridas. Ya no sangro pues me he secado en el desierto aquel que no secaba mis lágrimas. Claro, ya sabes, a nosotros no nos corre la sangre, tenemos alma de hierro y corre por nuestras venas el vacío, llenándonos de vacío el corazón, vaciándonos por completo el pecho en la resignación, sumiéndonos para siempre en nuestra propia muerte que jamás sucederá, pues no puede morir aquello que nunca vivió, así como no puede irse aquel que jamás llegó. Claro, piensas que mi alma no ha sido quebrada, pues por vez tercera he dicho que no poseía tal cosa, pero ten por seguro que mis pasos ya no son constantes como las voces en mi cabeza, esas que dicen que he de matar tu memoria, por si llegaras a verme, ya no recuerde tu nombre que no rimaba con mis versos ni mis besos. Y alguna vez me dijeron que el descanso es capaz de curar cualquier pena, que duerma, que mañana he de olvidar... pues tal vez quisiera dormir eternamente, para olvidar este recuerdo eterno que me acosa en cada página del libro nunca escrito, en cada estrella del cielo nublado. Sé que está ahí, al dar la vuelta, oigo los crujidos de los pasos acechantes, que sonaban a lamento. 

Hoy viertes mi sangre en botellas sin mensaje. Manchas el mar que solía ser mis lágrimas, para limpiar tus manos turbias que osaron atar la soga que sujetaba mi cuello a tus alas. Si, lo sé, me ahogaste en aquel vuelo, y se suponía que por mí doblaran aquellas campanas a las cinco, pero no lo sé, tal vez soy más fuerte de lo que pensaste, o tal vez no puedes matar por fuera lo que está muerto por dentro. Sin embargo vuelas, y me llevas del cuello, y yo como idiota te beso los párpados, te digo al oído que sueñes con lunas y destellos de cielo, que has de recordar todo aquello por lo que luchamos, pues las sonrisas traerán paz, y la paz traerá sonrisas en este hemisferio. 

Siente cómo se quema ahora la planta de mi pie izquierdo, ese con el que me supe levantar de cada caída silenciosa, cuando aún no daba la hora señalada en la que habrías de matarme. No es suficiente el calor, si por tu polo no me es posible andar, si no puedo derretir esas paredes de hielo que me otorgas en palabras de desprecio, en mensajes de ignominia, en miradas corroídas por el paso de los tiempos, de los vientos. No me alcanza este fuego para dominar tu frío espectro, mas aquí me tienes, plantada en el centro del innombrable adiós que sabe renacer cada vez que dices "hola", al marcharte por los oscuros callejones de la eternidad. El corredor de la espera me espera, te espera, desesperado, pues la funesta mirada ha abatido mis rodillas, pues espero arrodillada a que pase esta nube pasajera. Mas sin embargo se queda, siempre sobre mi cabeza, mojándome las ideas, secándome las heridas que no alcanzan a serlo, matándome en esta muerte que no llega a ser sin vida. 

Y la muerte no me alcanza, ya porque no es suficiente, ya porque es muerte lenta. Y yo que corro hacia tu encuentro, choco con el muro que ya no es de los lamentos, sino de los deseos que jamás compartiremos, de las miradas que jamás se cruzarán, de aquellos vacíos que jamás llenaremos. Tu mirada no me alcanza para sentir las dagas de la inmensidad de tus ojos, si es que tienes unos propios, pues mis manos cubren desde hoy ese sol que me quitaste aquella tarde, aunque sientas como fluye este vacío de mi espesa sangre evaporada. 

No me alcanzan las heridas para sentir dolor, ni me alcanza el dolor para plasmar este desprecio. Será por eso que mi muerte es lenta, pues el dolor tarda en llegar, pero se queda. Si, somos los que más sufrimos, y no nos arrepentimos. El alma grande sufre, y no le alcanza el sufrimiento. No le alcanzan las palabras para escribir un sentimiento, ni el sufrimiento mismo para comenzar a hablar. Y así es que no me alcanzan los días para olvidarte, mas ansío el día en que ya no alcance la memoria para recordarte...

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