martes, 7 de diciembre de 2010

Des-existir

La cerveza va espumándome el alma mientras el cigarrillo de mis sueños se consume, volviéndome cenizas la esperanza, convirtiéndose en metáfora del camino no recorrido en que clavé mis talones para verte desaparecer. 

Todo lo que toco se convierte en metáfora, así como todas las lágrimas van a parar al río de la desesperación, entre el ahogo del ser, y del estar en ahogo, entre el dejar de estar, de sentir, de anhelar, o tal vez de vivir, y el miedo. Me siento en las rocas duras de la memoria, y planeo, como siempre, una verdad mejor. Le invento un ritmo a mi respiración. 

Cargo mi arsenal de penas con sus pesados grilletes que arrancan los huesos de mis tobillos débiles, llevándome a un más allá de destinos sin resolver, de futuros sin destino, de respuestas que nunca tuvieron preguntas que las interpelaran, y sin embargo fueron dichas, exclamadas al viento que traía el aroma de tus manos ensangrentadas, y algunas flores para el entierro de tu recuerdo. Es lo que obtengo por haber nacido diáfana y sin embargo apresurarme a corromper mis ojos con la visión de los tuyos, con la desidia del olvido, con la tristeza de un otoño que no daba más que rosas en sus cielos sin estrellas, en sus noches de nostalgia y desvaríos. 

Ya no escribo mil poesías cada amanecer, ni comprendo que he nacido para revivir cada vez que me marchito entre tus dedos de infierno. Nunca conocí el sol por completo, y la luna jamás me dio su mejor cara, a pesar de mirarla con los ojos vacíos por el desencuentro, a pesar de pedirle que alguna vez bajara y me cantara una canción cuyos sonidos ya no fuesen de llanto. No obstante cada retornar de tus sientes me ha traído un cenicero que fuese mi incansable féretro, una vez más desde aquella noche en que reímos para darnos muerte entre los dientes. Mordimos nuestra propia caída, saboreándola hasta el fin del gélido despertar, con la ventana abierta a los adioses nunca dichos. 

Me congelas hoy también el alma despierta, la que supo dormir en tu tibio regazo sabiendo que las páginas en blanco nunca cambian sus colores si no hay nadie que las tiña. Mi cuello pierde su fuerza al intentar sostener mi pesada cabeza, pues me pesa el cavilar, pues me apena tener que hacerlo, pues me impide ver todo aquello siniestro por lo que he de dejar una vez más de llorar. Las cuerdas de la guitarra con la que dibujé los tonos de tu canción, van cortándome las yemas de los dedos para ya no tener que rozar el recuerdo de tu averno. Y suspiro, una y otra vez, ante el cántico profano de mi propio latido, que es lo único que oigo en este encierro.

Maldigo a mis pies por recordar el camino hacia tu vicio. Maldigo a las estrellas por negarme cada noche el deseo de que hayas sido una hoja de otoño. Maldigo a mi espejo por mostrar cada mañana el rostro de la tempestad en mi morada, mis ojos empañados, mi mirada transformada en universos de desprecio y mis cejas doblegadas por el infinito. Y maldigo también a la ausencia de tu alma, que no me deja tatuarme en tus abismos, que no me vuelve imborrable en las etéreas paredes de tu imperio de sangre. 

Maldigo tu ausencia y la de mi propia suerte, pues firmé mi sentencia el día en que me convertí en una pieza del juego favorito del lado cruel del destino. Soy mi propio verdugo y tus ojos se han vuelto las guillotinas de mi espectro, matando lo que quedaba sin sangrar, grabando en el mármol de mi frente imperturbable la palabra impronunciable, la que nunca será dicha. Y la ausencia, esa inefable, me nomina inexistencia, nominándome en mi muerte o en vestigios de una vida pasajera. 

Maldigo una vez más tu muerte en vida, pues sin alma no puedes siquiera escribir una poesía, mucho menos abrigarme cuando en prosa te maldigo. Y maldigo que no existieras para verme renacer. Maldigo necesitar maldecirte todavía. 

1 comentario:

  1. "Todo lo que toco se convierte en metáfora" frase genuina donde las haya, buen trabajo! ^^

    ResponderEliminar